Editorial
MÚSICA, ¿QUÉ MÚSICA?
enero 2010
Hace escasamente dos meses la editorial Seix Barral publicó en España el libro del escritor y crítico americano Alex Ross, El ruido eterno (The rest is noise). Un libro complejo, brillante, en donde la historia del convulso siglo XX es abordada a través de la música o, a la inversa, la música es contada como reflejo de la caótica historia. El libro está llamado a convertirse en una obra fundamental e imprescindible en el acercamiento a la historia de la música y, a pesar de su, a veces, compleja y meticulosa erudición, ya se ha convertido en España en un auténtico best-seller, situándose entre los libros de no ficción más vendidos. El porqué del éxito está claro cuando el lector se sumerge en sus páginas. Pero el éxito del libro en España nos debería llevar a reflexionar sobre algunas cuestiones más profundas en un país musical que vive, de hecho, de espaldas a la música del siglo XX. ¿O no? ¿O va a resultar que en España solo viven de espaldas a la música contemporánea los programadores mayoritariamente “oficiales” que desconocen que hay un público capaz de convertir en objeto de culto a un libro que se sumerge en una música supuestamente destinada a “minorías”?
Alex Ross realiza aportaciones y desarrolla argumentos en su libro que asombran por la clarividencia y por la comprensión global del desarrollo del arte de la música en el siglo XX. Pero, quizá, una de las cuestiones más candentes que plantea es el sentido mismo de la creación musical en el pasado siglo y en los primeros años del presente y su notable esfuerzo por explicar cómo la música destruye los muros sociales que se han querido levantar entre las que se han venido llamado músicas clásicas y músicas actuales. “En los comienzos del siglo XXI, –escribe– el afán de enfrentar la música clásica a la cultura pop ha dejado ya de tener sentido intelectual o emocional. Los compositores jóvenes han crecido con la música pop resonando en sus oídos y se valen de ella o la ignoran según lo exija la ocasión. Están buscando el terreno intermedio entre la vida de la mente y el ruido de la calle. Asimismo, algunas de las más intensas reacciones a la música clásica contemporánea del siglo XX han surgido en el mundo del pop, definido en un sentido amplio. Las afinaciones microtonales de Sonic Youth, los opulentos diseños armónicos de Radiohead, las indicaciones de compás rápidamente cambiantes del math rock y de la música dance inteligente, los arreglos orquestales elegíacos que apuntalan las canciones de Sufjan Stevens y Joanna Newson: todos ellos prosiguen esa conversación, que viene de antiguo, entre tradiciones clásicas y populares”. Y, poco después, concluye: “Un posible destino para la música del siglo XXI es una “gran fusión” final: los artistas pop inteligentes y los compositores extravertidos hablando más o menos el mismo idioma”. Ni más ni menos: música.
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