Editorial

UNA CRISIS PARA REPENSAR LA MÚSICA (I)

febrero 2010

Si 2009 no fue un año especialmente brillante para la música, los inicios de 2010 ya están poniendo de manifiesto que nos encontramos ante un “annus horribilis” que marcará y condicionará el desarrollo futuro de los espacios conquistados por la música tras treinta años de creación y de esfuerzo colectivo.

Si en 2009 fueron evidentes los recortes en algunas de las más notables programaciones musicales que se realizaban en todo el territorio nacional –temporadas y festivales–, en 2010 los recortes han dado paso, en muchos casos, a la eliminación total de propuestas musicales que, poco a poco, habían ido construyéndose en los más diversos escenarios y localidades. Festivales y ciclos de renombre están anunciando la imposibilidad de sostener el número y la calidad de los conciertos y, en la mayoría de los casos, algunas de estas citas anuales, que en estos momentos deberían tener ya cerradas sus programaciones, se encuentran con la realidad de que les resulta imposible asumir compromiso alguno porque desconocen qué presupuesto tendrán para la puesta en marcha de sus actividades.

Resulta evidente que la crisis también ha llegado al mundo de la cultura en general y de la música clásica en particular. No podía ser de otra manera. O quizá sí, si las estructuras en las que se mueve la difusión de la música clásica en España tuvieran una configuración diferente. Y es en los momentos de crisis cuando es posible, al menos, reflexionar sobre cuál es el modelo de cultura sostenible que deseamos establecer.

La cuestión que se evidencia con mayor relevancia es la de la dependencia absoluta del mundo de la música clásica de las subvenciones oficiales, tanto del Ministerio de Cultura como, en mayor medida, de las Administraciones Autonómicas, Provinciales y Locales. Una gran mayoría, por no decir la totalidad, de las programaciones musicales que se desarrollan en España es financiada en un muy alto porcentaje por las Administraciones Públicas y entidades asimiladas. Las políticas públicas culturales han alentado el desarrollo de una “industria cultural” basada en ofrecer “la más alta calidad al menor precio”. Y los ingresos por taquilla de todos estos eventos musicales apenas si llegan a cubrir –salvo algún caso excepcional–, en el mejor de los supuestos, el 20 por ciento de los costes. Así que cuando estas Administraciones recortan o suprimen el apoyo a estas programaciones –por falta de recursos o por falta de sensibilidad– los eventos sencillamente desaparecen.

La política cultural de “todo gratis” o “muy barato” es una opción más populista que popular, y a la vez es una opción que impide la consolidación de una “cultura sostenible”. La cultura –la música– gratis o medio gratis cobra sentido cuando lo que se está propiciando tiene que ver con la construcción de un tejido cultural propio, cuando se están desarrollando iniciativas que tienen que ver con la extensión y captación de nuevos públicos, cuando se está apoyando la democratización del acceso a la cultura. Pero resulta difícil de entender, por ejemplo, que las “grandes estrellas” apadrinadas por el marketing musical hayan convertido a España en los últimos años en su paraíso y que estén disponibles en nuestros escenarios a precios “populares” mientras que los espectadores del resto del mundo pagan por asistir a sus conciertos tres y cuatro veces más que lo que pagan los espectadores españoles. (Continuará)

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