Editorial
UNA CRISIS PARA REPENSAR LA MÚSICA (y II)
marzo 2010
En el anterior número de Variaciones introducíamos a nuestros lectores en una reflexión sobre las circunstancias por las que atraviesa la cultura en general y la música clásica en particular en este contexto de crisis económica. Y señalábamos que, probablemente, es en estas situaciones de crisis cuando suelen surgir las mejores oportunidades para repensar el modelo de cultura sostenible y accesible que deseamos para el futuro.
La primera cuestión que poníamos de relevancia era la excesiva dependencia, por no decir total, que la difusión de la música clásica tiene de los presupuestos públicos y su relación con la escasa apuesta por la autofinanciación de las actividades musicales, salvo notables excepciones.
No es menos importante plantearse también en este contexto de crisis cuál es el futuro que les aguarda, o cuál es el futuro al que aspiran los músicos españoles. El mundo de la música en España, desde el punto de vista de la interpretación, podemos clasificarlo en tres grandes grupos: las orquestas sinfónicas –en torno a 30, repartidas por todo el país–, todas ellas dependientes de diferentes Administraciones Públicas; las agrupaciones o grupos de iniciativa privada; y los intérpretes solistas, sean estos instrumentales o vocales.
Las orquestas sinfónicas son en su mayoría agrupaciones creadas en los últimos treinta años que han venido a cubrir un espacio fundamental, orquestas consolidadas unas y en proceso de crecimiento otras, pero todas ellas desarrollando un extraordinario papel en la difusión y la extensión de la música hacia nuevos públicos. Sin duda uno de los grandes logros de la música en estos años es la tarea musical y pedagógica desarrollada por estas formaciones a las que la crisis, en principio, no debería afectar.
Pero no todo es música sinfónica. Y es aquí donde nos encontramos con el segundo segmento, el de las agrupaciones musicales de iniciativa privada, las pequeñas y medianas agrupaciones dedicadas a la interpretación de los repertorios medieval, renancentista o barroco, la música de cámara, la música coral, los grupos de música contemporánea. En este segmento, que representa en torno al 90 por ciento de toda la oferta musical –en torno a 15.000 conciertos al año– nos encontramos con un sector desestructurado, con grandes problemas para hacerse un lugar en los escenarios españoles y “amenazado” por la presencia de centenares de agrupaciones extranjeras que cada año pasan por España. ¿Por qué esa presencia abrumadora de agrupaciones extranjeras en las programaciones de música en España? ¿Porque lo extranjero vende mejor? ¿Porque tienen más calidad? ¿Porque son más baratas? ¿Porque cuentan con mejores estructuras artísticas y comerciales? Es posible que haya un poco de todo eso. Pero los grupos españoles deberían aprovechar el momento, la actual situación, para considerarla como una oportunidad y tratar de imitar las mejores prácticas –artísticas, profesionales, económicas y organizativas– desarrolladas desde hace años por estas agrupaciones europeas. No basta con que las Administraciones Públicas se conciencien sobre la necesidad de apoyar a los intérpretes y agrupaciones españolas. Es momento también de que estos grupos de música hagan una reflexión sobre su futuro, sobre el carácter profesional de su actividad, sobre el lugar que desean ocupar en el mundo de la música y sobre su adaptación al mercado.
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